¿Qué es lo primero que hace usted al levantarse por la mañana? ¿Descorrer las cortinas? ¿Darse la vuelta para apretarse contra su pareja o abrazar la almohada? ¿Saltar de la cama y hacer diez flexiones para que circule la sangre? No, lo primero que hace, tanto usted como todo el mundo, es consultar la hora. Desde su lugar en la mesilla de noche, el reloj nos señala el rumbo, nos dice no sólo dónde nos encontramos con respecto al resto de la jornada sino también cómo hemos de reaccionar. Si es temprano, cierro los ojos e intento volver a dormirme. Si es tarde, me levanto de la cama y voy de cabeza al baño. A partir de ese primer momento de vigilia, el reloj manda. Y sigue haciéndolo a lo largo del día, mientras corremos de una cita a otra, de una hora límite a la siguiente. Cada momento forma parte de un programa y, dondequiera que miremos, la mesilla de noche, la cafetería de la empresa, el ángu-lo de la pantalla del ordenador, nuestra propia muñeca, el reloj sigue con su tictac, marcando nuestro avance, instándonos a no quedarnos rezagados. (Fragmento de "Elogio de la lentitud" - Carl Honore)Fuck! Maldito sea el que invento el reloj. Menos mal que mi hermano me dejo el reloj de mi pieza en cualquier hora, ahora lo agradezco. Me pego muy fuerte esta verdad. Yo personalmente, vivo mirando ese invento. Una maldita costumbre que supuestamente me esta guiando de donde estoy en mi dia. Hasta este momento no me di cuenta que en realidad de guiando me esta encarcelando en un momento exacto. Odio la exactitud, odio la perfeccion y termino encerrado en ésta. Me gusta la improvisacion, la imperfeccion, lo imprevisible. Que paradoja.
No hay nada que temer si en cambio logramos permitir que las ciénagas también den flores
jueves, 10 de diciembre de 2009
Carcel del tiempo
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario